“Bendito eres Tú, Señor Dios, Rey del universo, por cuya palabra todo fue llamado a ser.”
Talmud
Más allá del sentido religioso, esta bendición judía encierra una verdad trascendental: El lenguaje además de nombrar la realidad, la crea y la moldea. Vivimos en el lenguaje y a través de él damos cuenta de quienes somos, de nuestras interpretaciones y visión del mundo, de nuestros valores, intenciones y promesas de futuro. Tal como dice Rafael Echeverría en su libro Ontología del Lenguaje citando a Nietzsche: “El hablar nunca es un acto inocente”
Las palabras están en sí mismas vacías de significado. Les otorgamos sentido a través de asociaciones ancladas a experiencias de vida que constituyen nuestra matriz interpretativa y nos hacen entender lo dicho de una forma única, que no necesariamente es la misma con la que el orador lo dijo. La simple conciencia de este hecho, puede evitar muchos inconvenientes y malos entendidos. Algunos elementos de esta matriz son:
- Experiencias personales significativas
- Educación académica
- Profesión
- Costumbres, valores y normas sociales de nuestro entorno
- Postura jerárquica
- Posición que ocupo en el sistema familiar
La conciencia de los múltiples significados de las palabras, es la base de la técnica directa de la hipnosis Ericksoniana. En ella se utilizan metáforas, paradojas, acertijos y analogías como herramientas terapéuticas que permiten a los pacientes, abrir nuevas y poderosas interpretaciones sin confrontar su narrativa. Otros modelos como la PNL (Programación Neurolingüística) enseñan cómo el uso puntual de palabras puede reforzar empatía, persuasión, activar mapas mentales funcionales y modifica estados emocionales.
En liderazgo, la forma en que se enuncian las metas influye en el nivel de compromiso del equipo. Elegir conscientemente nuestras palabras es comenzar a moldear el futuro que queremos ver. Cada frase es una oportunidad de cambio y crecimiento.
Entender el poder del lenguaje es reconocer que “Compartimos con los Dioses el poder de nuestra propia creación” (Willard Van Orman Quine), lo que nos permite desafiar supuestos, transformar estructuras y reconciliar diferencias. Conscientes de que lo dicho puede excluir o empoderar, podemos responsablemente elegir nuestras palabras con propósito y conciencia.